lunes, 14 de marzo de 2011

.:: Rugby Sin Fronteras en Malvinas ::.

La misión de Rugby Sin Fronteras arribó a las Islas Malvinas con un mensaje de paz y unión; ahora busca la difícil tarea de disputar un partido en medio del recelo de los lugareños. 




PUERTO ARGENTINO, Islas Malvinas.- Miramos por la ventana y ahí estaban, recortadas contra el helado océano Atlántico de un intenso azul, esas dos islas que tantas veces vimos en los mapas del colegio, en los libros de historia o bordadas en las banderas de los veteranos de guerra. Ahí estaban las Malvinas: tan iguales, tan reales. Cuando el vuelo que partió de Río Gallegos comenzó el descenso, nuestras actitudes mutaron de forma instintiva, sentimos una fuerte e inexplicable sensación de incertidumbre. Durante los minutos previos al aterrizaje se fueron haciendo menos chistes y más silencios, solemnes, sentidos, colectivos. Todos mirábamos por la ventana, cada uno absorto en los más intensos sentimientos.

Pensábamos que, además de la ardua tarea que tendríamos como equipo durante una semana, también oficiaríamos de embajadores de paz argentinos en una tierra que hace 29 años mantiene una guerra virtual con nuestro país, y en la que los más adultos, aquellos que tienen la voz a la hora de tomar decisiones, no sólo no entendían nuestro objetivo, sino que no nos querían allí. Para ellos no éramos jugadores de la Fundación Rugby Sin Fronteras con un mensaje de unión y fraternidad: éramos ciudadanos de un país que en 1982 irrumpió injustamente en sus tierras reclamándolas como propias. Pero nuestro espíritu, nuestro fin, era llevarles a esos jóvenes que algún día tendrán la voz de mando en las islas un mensaje de superación, de dejar atrás tanto odio, y crearles un concepto distinto de nosotros.

Ya sobre las islas, caminando por sus prolijas calles surcadas de típicas casas de porte inglés y techos coloridos, de iglesias británicas y vientos constantes, nuestra idea de las Malvinas iba amoldándose a la realidad. Estábamos lejos de casa. Los habitantes también estaban tensos, su exagerada cortesía británica entraba en un evidente conflicto con su instinto; los volvía desconfiados, recelosos de nuestras actitudes, los mantenía alerta, como esperando que alguno hiciera algo malo o dijese algo incorrecto. Estábamos a prueba desde que dimos el primer paso y nos lo hacían saber, no siempre sutilmente; éramos evaluados por aquellos con los que esperamos jugar un partido como hermanos.

Llegamos al puerto en el que se sacó la famosa foto de los soldados argentinos con las manos alzadas rindiéndose. El jefe de policía, Kim, nos explicó qué era lo que no debíamos hacer para evitar cualquier tipo de problema o pelea con los isleños; no mostrar la bandera argentina y no hablar con los niños, eran algunas de las premisas. A medida que Kim se interiorizaba en la misión de Rugby Sin Fronteras, la idea que exponíamos de mitigar las asperezas históricas, y dar un paso adelante en nuestra relación, dejaba de ser un concepto extraño y difícil de digerir, y se volvía un anhelo sincero. Un anhelo que podría llegar a realizarse este jueves, cuando esperamos se juegue el histórico partido de rugby.

Decidimos ir al museo de las islas luego de enterarnos de que, "misteriosamente", la única cancha de fútbol que ibamos a usar estaba reservada para todas las jornadas de nuestra estada. Cruzamos el Liberation Memorial, una estatua diseñada por los isleños en pose de victoria que reza el lema "A quienes nos liberaron", y la fecha 14 de julio de 1982, hasta llegar al Falkland Islands Museum -o Britannia House-. Allí vimos cómo vivieron los isleños el conflicto armado, las cartas a sus familias en el Reino Unido, los titulares de los diarios ingleses, las medallas al honor, el armamento de los soldados británicos y una reproducción de una trinchera argentina, en donde Julio -un ex combatiente destinado a Puerto Argentino- recorrió cada objeto contándonos su experiencia entre sus lágrimas disimuladas. Era la contracara de todo lo que nosotros habíamos visto de la guerra.

Nos esperan días difíciles, demostrar que vinimos a pregonar la paz, la unión y el respeto, todos esos ideales que inculca el rugby. Tenemos fe en que el mensaje que traemos llegue: los niños en la calle nos vitorean en un pobre español, o los soldados y los jóvenes que frecuentan el bar local, The Glove Tavern, nos preguntan con cierta timidez, como quien hace algo malo: Can we play? ("¿Podemos jugar?").


Fuente:  Por Leandro Milán / Para LA NACION

1 comentario:

Monica dijo...

Cuando va a ser e lpartido?? Y se va apdoer ver?? Porque justo tengo unos pasajes a Miami para estos dias, y queria ver como hacer para poder mirar el partido!!